El nacimiento de Stella: una cesárea no planificada.

11 de abril de 2018 a las 3:30 de la tarde, ese es el instante que ha quedado marcado con tinta indeleble en mi corazón. Ese día vi mi fantasía convertida en realidad. Ese día saboreé la dulce miel de la vida. Ese día descubrí el amor. Ese día me convertí en madre.

El anhelo de ser madre era algo que llevaba colgado en mi corazón desde hacía mucho tiempo. No recuerdo exactamente cuando ese anhelo fue creciendo en mí, pero si de algo estoy segura, es que siempre imaginaba aquel momento mágico incluso antes de estar embarazada. Cuando supe que mi sueño de ser madre se convertiría en realidad decidí prepararme y si de algo estaba convencida, era de que quería que el nacimiento de mi hija fuera lo más natural posible y que fuera un nacimiento respetado, tanto para ella como para mí. Me repetía mil veces la frase de que parir es natural y el cuerpo sabe hacerlo. Pero lo que nunca imaginé es que mi cuerpo me fallaría.

Durante los 9 meses de embarazo me preparé física, intelectual y emocionalmente para mi parto y soñaba con aquel momento mágico. Y así fue como una mañana sin estarlo esperando comenzó mi labor de parto a las 36 semanas con la expulsión del tapón mucoso. Cuando la doctora me examinó me dijo que tenía dos centímetros de dilatación y que a partir de tercer centímetro era que el parto se aceleraba y que podía dar a luz en cualquier momento. Pero como aun tenía 36 semanas existía la posibilidad de que mi hija naciera prematura.

No se lo quise decir a nadie en ese momento, pero durante el baby shower sorpresa que me hicieron estaba en labor de parto, y sentía bastante las contracciones irregulares, pero nunca llegaron a ser constantes, ni tampoco dolorosas. Durante estas dos semanas me aseguré de caminar, hacer yoga, tomar distintas infusiones y hacer todo lo que me recomendaban para acelerar la labor de parto. En esta espera pasaron dos semanas más y no ocurría nada. Como no había vuelto a dilatar mi doctora entendía lo más prudente era inducir el parto para ayudar a mi cuerpo continuar con la labor.

Y así fue como el día 11 de abril y con 38 semanas de embarazo indujeron mi parto. Me ingresaron en la clínica bien temprano en la mañana y me colocaron medicamentos para producir las contracciones. Como era de esperarse, el medicamento comenzó a hacer efecto y estuve 9 horas en labor de parto registrando contracciones de alta intensidad, aunque para sorpresa de todos nunca sentí dolor. Durante estas 9 horas hice todo lo que había estudiado y aprendido para acelerar el parto, y me mantuve positiva y enfocada, pero a las 3 de la tarde mi sueño de parir comenzó a derrumbarse. Con 9 horas de haber iniciado la inducción no había dilatado ni medio centímetro y los latidos de mi hija comenzaban a debilitarse.

Entre llantos y terror tuve que aceptar la decisión de mi doctora: una cesárea. Todo ocurrió en fracción de minutos. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba anestesiada y amarrada a una camilla dentro del quirófano. Me sentí vulnerable, me sentí violentada, me sentí atropellada. Yo solo temblaba y lloraba del miedo. Me sentía tan frustrada y tan decepcionada. Y mientras me operaban me preguntaba mil veces por qué mi cuerpo me había fallado. Se suponía que mi cuerpo sabía parir, se suponía que todo iba a salir bien. Pero lo que nunca calculé es que también los accidentes pasan.

Nunca voy a olvidar cuando la doctora dijo: tenemos meconio en el líquido. El meconio son las primeras heces eliminadas por un recién nacido y lo normal es que ocurra poco después del nacimiento, pero en algunos casos, el bebé elimina meconio mientras aún está dentro del útero. Esto sucede cuando los bebés están “bajo estrés”, porque el suministro de sangre y oxígeno disminuye. Cuando el meconio pasa al líquido amniótico, el bebé puede aspirar el meconio y asfixiarse dentro del útero. Sí, mi hija pudo haberse asfixiado si hubiese estado más tiempo dentro del útero. Y aunque me costó aceptarlo, hoy puedo decir que la cesárea le salvó la vida a mi hija y por ende me salvó la vida a mí. Porque no se cómo viviría sabiendo que a mi hija pudo pasarle algo tan trágico por mi simple insistencia de parir.

Y no les voy a negar que me quede con deseos de pujar, me quede con deseos de que mi cuerpo me correspondiera, me quede con deseos de vivir esta experiencia para la que me preparé tantos meses. Pero al final entendí que la naturaleza es sabia y el destino nos regala experiencias que nos hacen crecer. El destino tenía preparado para mi una cesárea y no un parto, tal vez con la intención de que aprendiera a soltar. Con el nacimiento de Stella no pasó lo que yo esperaba, pero si pasó lo que Dios quiso.

 

Ya para terminar les debo confesar, que aunque no tuve mi parto soñado, si pude vivir la embriagadora experiencia de sentir la oxitocina galopando en mi cuerpo cuando escuché el llanto de mi bebe por primera vez. Y justo en ese instante olvidé todo el dolor, toda mi angustia y todo mi sufrimiento. Cuando vi los pequeños ojos grises de mi bebe, a quien recibí con una carcajada de alegría y una explosión de emociones inexplicables, supe que mi vida nunca más sería igual. Mi pequeña bebe arcoíris llegó a este mundo de la manera menos pensada para mí, pero sin dudas de la manera correcta. Y su llegada me hizo entender que el destino nos tiene preparado un camino lleno de inevitables sorpresas.

Los quiero amigos, gracias por leerme.

Con cariño,

La Tipa.

Anuncios

Autor: soniacastillo25

Hola Soy So! La Tipa! Cuando escribo vivo. Me podrás encontrar entre lápiz y papel, té, libros un avión y mi mat de yoga.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s